Demócratas, demonios con máscaras de ángeles

Siempre que veo una tertulia televisiva acabo horrorizado. Derechistas e izquierdistas debaten sobre temas que nos afectan a todos con la misma fórmula, la intervención estatal en la vida de las personas.

Los socialistas defienden el salario mínimo por razones emotivistas cuando éste no es más que un robo a la producción y al capital de otros trabajadores.

Defienden el subsidio estatal de desempleo cuando solo crea más desempleo, patrocina el hedonismo y parasitismo teniendo sus bases en el robo masivo al ciudadano y el fraude.

Tras el continuo y reiterado fracaso de las pensiones públicas recurren a argumentos emotivistas para que el Estado gestione nuestra vejez, cuando ha sido gracias a él que un anciano retirado no cobre más de 700 euros al mes o tengamos que trabajar hasta los 67, siendo totalmente consciente de que el sistema es insostenible por su propia estructura piramidal y que con el tiempo, el Gobierno irá restando años a nuestra futura jubilación. El sistema no es sostenible mientras esté en manos del Estado y sus corruptos burócratas. La privatización no es su solución, sino su abolición.

Los socialistas se proclaman dictadores de nuestra moral con las prohibiciones al tabaco, a la velocidad, a lo políticamente correcto. Es mayor el castigo cuando un ciudadano ataca a un animal que a cuando un villano agrede a una persona. Cuán degenerado está el sistema.

Consideran adecuado etiquetar la educación pública de “buena” y necesaria para todos; cuando ésta, no es más que la adoctrinación del Poder sobre los más débiles intelectualmente, nuestros hijos. Financiada además por el robo de los impuestos. Consideran que la omnipotencia estatal es tan divina que no puede existir educación sin ella. Comenten el mayor de los absurdos: creen que los padres son menos responsables que los corruptos políticos que escándalo tras escándalo mantienen el cargo, sueldos y dietas. Sus incentivos consisten en satisfacer a los lobbies, principalmente los sindicatos de la educación y no a los niños. La educación estatal solo ha conseguido en este país que tengamos uno de los niveles más bajos del mundo en conocimiento mientras sus profesores disfrutan de altos sueldos y largas vacaciones.

Alaban las subvenciones estatales como instrumento de misericordia y bondad, cuando sus únicos resultados son la codicia de una clase parasitaria que vive a expensas de una clase productiva, mientras impulsa la cultura del hedonismo, la irresponsabilidad y la baja producción. Tan absurdo sistema solo se financia por medio del robo y la extorsión al ciudadano. Por los impuestos y el déficit público.

Los conservadores también se proclaman dictadores de la moral. Dan lecciones de humanidad cuando denuncian las “aberraciones” del islam mientras callan las abominaciones que comenten algunos representantes de la Iglesia violando niños.

Denuncian los atropellos del Gobierno de Palestina, pero defienden el que el debe ser el único Gobierno “bueno” del mundo, el de Israel que comente los mismos atropellos que el Estado de Palestina o cualquier otro país que no respete los derechos humanos de sus ciudadanos.

Por razones “económicas” aplauden cualquier medida racista contra minorías convirtiéndolas en el chivo expiatorio de todas las desgracias. Fernandez Díaz, del Partido Popular, ha llegado a proponer recientemente que la Guardia Urbana vigile el discurso de los imanes en las mezquitas. ¿Sacar un policía de la calle para ponerlo en una mezquita donde no hablan ni castellano servirá de algo? Los mayores criminales no están en las mezquitas, sino en el Ayuntamiento de Barcelona donde está el propio Fernandez Díaz.

Nos dicen que nuestro cuerpo no es nuestro, sino de ellos. De su corrompida ley. No podemos disponer de él en temas como el aborto y la eutanasia. A esta ilegítima prohibición le llaman “canto a la vida”, pero no es más que un asesinato a nuestra libertad para disponer de nuestro cuerpo y mente.

Conservadores, y ahora también socialistas, llaman a la guerra y exterminio misiones de paz o resoluciones de la ONU. Con nuestro dinero y sin nuestro consentimiento nos ponen en peligro y matan a gente. La guerra, ya sea en Irak, Vietnam, Afganistán o Libia no es un acto de humanidad y caridad; es una atrocidad. Siempre.

Toda esta hipocresía moral a–punta–de–pistola, vestida con las sedas de la bondad, humanidad y democracia, incrementa exponencialmente esa injusticia contra la que los demócratas pretenden luchar. El robo es malo para todos, pero para la izquierda es bueno cuando se trata de dar subvenciones. La vida es importante en temas como la eutanasia o aborto, pero es un valor fútil cuando nuestro Gobierno comente asesinatos en masa en el extranjero o ayuda a otras potencias a tal fin.

Esto es la democracia: el uso de la fuerza de una moral sobre la otra para conseguir la dominación absoluta sobre el grupo rival. Siempre por nuestro bien, por la “libertad”, igualdad y dignidad de la moral agresora. Un acto moral deja de tener dignidad cuando se aplica por el uso fuerza centralizada y sistemática. La imposición de la moral, ya sea socialista, conservadora o religiosa, no es ningún acto de bondad ni misericordia, es un atropello contra el espíritu y dignidad humana. Los demócratas no son más que charlatanes engañados o incoherentes, consentidos y arrogantes tiranos que resuelven los conflictos humanos desde un bar, plató de televisión o parlamento sin tener el más mínimo sentido de la empatía y respeto al prójimo.

No hay discurso más humanista y bondadoso que el del liberalismo radical. El que se basa en el Principio de la No Agresión. No agresión a nadie. Las agresiones solo son legítimas en caso de defender nuestra  libertad, vida y propiedad, no las creencias o intereses particulares de cada uno. Si la injusticia es la principal lacra de nuestros tiempos, el primer paso será ilegalizar la principal enfermedad que la causa: el Estado y el Gobierno.
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