‘Wheelman’ gana la batalla a la represión política en Barcelona

Hace un tiempo los políticos de Barcelona hicieron todo lo que pudieron para prohibir la venta del videojuego The Wheelman“.

En aquel momento la edil de Educación, Montserrat Ballarín (la de la foto), se autoproclamó representante única de la ciudad. Ella es la ciudad, por lo tanto, lo que a ella le molesta, le molesta a ciudad también. Así piensan los políticos en Barcelona. En su nuevo auto-designado cargo de representante única de Barcelona, Ballerín afirmo que el videojuego es “contrario a los valores que caracterizan la ciudad”. Ah, curioso. Una ciudad con valores. Los de Ballerín claro.

Afortunadamente para el comercio, los consumidores, el mundo del ocio y la libertad de expresión, los políticos no han podido hacer nada ya que se han dado cuenta que “las ciudades no tienen recogido ese derecho”. Esto nos hace pensar que este será otro tema de trabajo para los políticos: luchar en nombre del bien común, solidaridad y buen rollo para que las ciudades tengan derechos y los políticos sean quienes decidan lo que es bueno y malo. Eso deja a los ciudadanos, turistas y observadores en títeres de la jerarquía política.

Se nos plantean un par de cosas. Primera, la pésima opinión que tienen los ciudadanos barceloneses de sus políticos. No da peor nombre a esta ciudad que sus políticos. Si por la buena imagen fuera, tendrían que dimitir todos.

Barcelona se ha convertido en los últimos años en una ciudad de sitio. Policías que sólo ponen multas y son incapaces de evitar ningún crimen, okupas que ocupan lo que les da la gana con el beneplácito de la administración, unos impuestos que crecen día a día. Sin ir más lejos, los barceloneses pagan más impuestos por el agua que los habitantes de Melilla. Una regulación que varía tan rápido que a muchos empresarios, especialmente los relacionados con el mundo de la hostelería, no les da tiempo a amoldarse a una ley cuándo ya se les ha echado otra encima que contradice la primera. Leyes tan absurdas como ampliar las aceras y reducir la anchura de los carriles de circulación para los coches. Algo que sólo va a provocar más accidentes y continuos atascos. Y el no va a más, las obras interminables que dejan durante horas, días incluso, calles cerradas sin haber dicho antes nada. Eso sí, a veces, abren pasos alternativos donde los semáforos no funcionan y los riesgos para peatones y automóviles son constantes.

Segundo. Si el actual estado represor de Barcelona fuera poco, con esto se nos presenta algo más interesante. Si el político se autoproclama representante de los intereses de la ciudad, ¿eso quiere decir que encarcelarán a aquellos ciudadanos que critiquen a sus políticos o la ciudad? ¿Si nos viene un turista y nos pide consejo sobre algún punto de la ciudad, estaremos obligados a decirle que es precioso y fantástico por miedo a que el ayuntamiento nos multe o encarcele? ¿Van a meter en la cárcel también los internautas que en blogs, foros y páginas web digan que no les gusta Barcelona o que en verano hace un bochorno excesivo? ¿Van a meter a un policía en cada bar, en cada esquina, en cada hogar para que así no se dañe la buena imagen de la ciudad?

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