Donde Buscar el Mal Por Joseph Sobran

Donde Buscar el Mal

Por Joseph Sobran

Notable columnista estadounidense. Mayo 4, 2002.

Artículo publicado originariamente con el nombre “Where To Look for Evil
Traductor: John Leo Keenan

Sobran's --las auténticas noticias del mes

El presidente Bush ha sido elogiado ampliamente por hablar de un “eje del mal”. Al hablar de manera no apologética sobre el mal – se nos dice -, él rechazó el relativismo moral al cual la izquierda nos ha acostumbrado, y nos ha recordado que en verdad existen los principios morales absolutos.

Los piropos efusivos son un poco exagerados. No toma ninguna perspicacia moral acusar a tus adversarios de ser unos perversos. Para tomar sólo un ejemplo, Franklin Roosevelt lo hizo todo el tiempo pero era ciego al mal en sus amigos, especialmente en José Stalin, y en él mismo.

Esa es la verdadera prueba. Los cristianos no creen simplemente que el mal está “allá afuera”. Ellos creen que está en cada corazón humano, el resultado del Pecado Original. Creen que la primera necesidad de cada ser humano es la compasión divina y el perdón. Nuestro primer deber consiste en arrepentirnos, no en condenar: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.” Eso no es relativismo moral sino justamente lo contrario; es humildad.

¿Como se aplica esto a la guerra? ¿Podemos defendernos de nuestros enemigos? La mayoría de los cristianos han coincidido en que podemos hacerlo, pero también debemos rezar por nuestros enemigos y respetar límites. Dañar deliberadamente a civiles, por ejemplo, está prohibido. Roosevelt no sólo ignoró este principio sino que desencadenó el desarrollo de las armas nucleares que matarían a tantos civiles como fuese posible. Y es aun honrado como un gran presidente.

Los americanos, como nación, no gustan de confrontar el mal en sí mismos. La introspección moral es denunciada como “darse golpes en el pecho”, “autoflagelación” e incluso como “antiamericanismo”. Y es cierto que críticos de los Estados Unidos a menudo suenan como unos engreídos, no como pecadores semejantes, sujetos a las mismas tentaciones que el resto de nosotros.

Mas dar cara a los crímenes históricos del gobierno de los Estados Unidos, muchas veces apoyado por la población en general, es solamente admitir que somos todos susceptibles al pecado y la arrogancia, y el hacer eso podría ayudarnos a evitar repetir esos crímenes la próxima vez que nos tienten.

Pocas guerras enfrentan a ángeles contra demonios. Como norma general, hombres jóvenes en ambos lados del conflicto, pelean porque sus gobiernos les ordenan pelear. Por supuesto, cada gobierno insiste en que el enemigo es el mal mismo: en la guerra afgana – se nos asegura -, los soldados americanos son “patriotas” que están “sirviendo a su país” y los soldados afganos son “terroristas”. ¡Que perezca el pensamiento de que los afganos se ven a sí mismos como unos patriotas defendiendo su país contra unos invasores!

Después de la segunda guerra mundial, los vencedores – los Estados Unidos y la Unión Soviética – juzgaron a los perdedores por “crímenes de guerra” y “crímenes contra la humanidad”, violaciones absolutas de las normas de guerra civilizada. Este proceso judicial imparcial resultó en muchas ejecuciones, castigando ejemplarmente a aquellos que cometieron atrocidades bajo la excusa de la guerra.

De algún modo, sin embargo, nadie en el lado ganador fue acusado de un sólo crimen de guerra. Para algunos observadores, parecía improbable que una de las partes hubiese mantenido sus manos inmaculadas en una guerra que cobró decenas de millones de vidas, incluyendo un sinnúmero de habitantes de ciudades alemanas y japonesas que murieron bombardeados. Los escépticos absorbieron la lección, no de que los crímenes de guerra deberían ser evitados, sino de que deberías cometerlos solamente si estás seguro de que tu lado va a ganar.

Obviamente, el relativismo moral nunca es el problema durante la guerra. El problema común es el fariseísmo fanático, que hace un demonio del enemigo y justifica las atrocidades cometidas por el lado al que uno pertenece. En esa atmósfera, cualquier intento de ver la situación con verdadera objetividad moral – de encontrar pecado, en alguna medida, en ambas partes – es apto a ser denunciado como traición.

Una creencia en principios morales absolutos debería hacernos siempre más – no menos – críticos de ambos rivales en cualquier conflicto. Esto no significa que ambos estén igualmente equivocados. Significa que como todos quedamos cortos de la perfección moral, incluso aquel cuya causa es justa verdaderamente, puede que cometa actos terribles de violencia en la defensa de esa causa y, peor aun, puede que se sienta bastante justificado en cometerlos. Esa es la diferencia entre ser virtuoso y ser un santurrón.

Los estándares morales son absolutos pero la fidelidad humana a ellos es siempre relativa. El patriota que dice, “¡mi país primero, no importa si está en lo correcto o está equivocado!”, es a menudo ridiculizado pero por lo menos él admite que su país podría estar equivocado. El está muy lejos del tipo de patriota que es aun más siniestro, el que asume que los que son enemigos de su país son necesariamente perversos. La lealtad a tu país nunca debería exigir que tú mientas sobre él.

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